Decálogo para protegerse de una Pareja Asfixiante

Primero te seduce y te colma de atenciones. Cuando ya te ha enamorado, empieza a limitar tus movimientos y a querer gestionar tu vida social. Cuando te quieras dar cuenta, ya te habrá aislado de tus amigos y de otras personas queridas. Una vez que te tenga bajo su control, intentará manipular tu mundo. Por momentos creerás enloquecer e incluso conseguirá que llegues a cuestionarte tu estado mental, pensando que así quedarás para siempre bajo su control. Si por esta causa se te ocurre en algún momento perder tu equilibrio emocional, aprovechará esa crisis nerviosa como prueba de un posible trastorno.

Con esta secuencia, el psiquiatra Luis De Rivera describe la situación que se desarrolla en muchos hogares a causa de una pareja controladora y asfixiante. El escenario es similar al que protagonizaron Charles Boyer e Ingrid Bergman en la película ‘Gaslight’ (1944), un clásico del thriller psicológico que sigue repitiéndose en demasiadas parejas.

El mito de la media naranja, y el deseo desesperado de encontrar la otra mitad que nos complete, han convertido muchas relaciones en un rosario de maltratos y humillaciones. “Destruye el yo individual y hace que en esa fusión de hombre y mujer, uno acabe devorado por el otro”, indica De Rivera. El motivo fundamental es la inseguridad de la parte de la pareja que pretende controlar el mundo de los dos. “Esa inseguridad -dice- deriva en celos, desconfianza y miedos. El amor se transforma entonces en apego, una emoción que implica dependencia y necesidad de conjugar cada verbo en plural. En el amor existe confianza y gusto por compartir, pero también un espacio vital y físico para cada uno. En el apego, sin embargo, solo hay una actitud posesiva que lleva al maltrato psicológico y, en ocasiones, a la violencia física o sexual”.

 

Este sentimiento de apego resulta letal para la pareja, pues acaba por minar el amor. Es también destructivo para el individuo, tanto para el que sufre el control como para quien tiene esa necesidad de dominar e inspeccionar cada movimiento de la persona que cree amar. “La persona asfixiante normalmente sufre soledad y una falta de seguridad en sí misma. Y eso es lo que le vuelve posesivo. Convierte a su pareja en sospechosa, no sabe de qué, y necesita revisar su bolso, curiosear en su móvil, examinar sus redes sociales y seguir sus pasos. Cualquier incidente levanta su sospecha. Y reacciona. Los arranques de pasión e ira se hacen constantes e insoportables”.

Una personalidad tan obsesiva y controladora es habitualmente el resultado de una carencia afectiva que se arrastra desde la infancia. “Muchos niños que crecen con miedos, falta de amor e inseguridades pasan a ser adultos con una necesidad enfermiza de sentirse queridos. Por eso, se aferran a su pareja con el temor constante de la pérdida y del abandono”, explica el psiquiatra.

Es un comportamiento tan común en hombres como en mujeres. Son personas dependientes e inestables emocionalmente. El sufrimiento que transmiten es tal que, en lugar de atraer a la pareja, hacen que se aleje cada vez más, a pesar del amor.

De Rivera deja claro que esta actitud despótica, además de abominable, resulta inadmisible: “Lo normal en la relación es sentirse libre y, cuando no es posible, tratar de interrumpir este ciclo de acoso desde la primera señal”.

  1. Si su necesidad de control es persistente, no confundir su conducta con una muestra de amor romántico. No existe nada que lo justifique.
  2. No permitir que se haga cargo de todas las tareas y responsabilidades. Esto le permite hacerse fuerte en su conducta posesiva.
  3. Actuar con tranquilidad. Quien vive sintiendo el martillazo constante comete más errores y sufre, por tanto, de manera más intensa esa sensación agobiante de su controlador.
  4. Por más que el otro insista, no descuidar jamás el círculo de amistades y familiares.
  5. dentificar los hábitos de la persona obsesiva y no tolerar esos métodos de asedio que vulneran el espacio personal y privado: Llamadas continuas, hacerse con cualquier contraseña, afán por colarse en todas las conversaciones u obsesión por conseguir los números de teléfono de toda la familia, amigos y compañeros de trabajo.
  6. Acostumbrarle a que el teléfono móvil, igual que otros dispositivos, pertenecen a la esfera privada y son inviolables.
  7. No cometer el mismo error de controlar sus pasos. Nada de peleas, venganzas o noches en vela a causa del sufrimiento. Hay que tratar de atenuar el dolor y ser proactivo.
  8. Marcar distancia. No existe disponibilidad absoluta para el sexo, para responder a sus llamadas o para atender sus requerimientos las 24 horas del día.
  9. Si persiste el amor, intentar fomentar su autoestima y valorar con él la posibilidad de buscar ayuda psicológica o una terapia de pareja.
  10. No buscar un único culpable. Cada uno debe responsabilizarse de su parte de la situación creada y tomar las medidas necesarias para conseguir una vida en común armoniosa.

Como advierte el psiquiatra, puede que el amor no sea suficiente para lograr ese espacio íntimo e infranqueable. Si a pesar de todo esfuerzo, la relación ahoga e impide el crecimiento y desarrollo personal, quizá una ruptura a tiempo evitará mayor desgaste físico y psicológico.

 

fuente: yodona

La limerencia, cuando el amor nos vuelve locos

La doctora en Psicología Dorothy Tennov define la limerencia como una atracción romántica que conlleva una necesidad imperante y obsesiva de ser respondido de la misma forma por la otra persona. Puede tener graves consecuencias tanto para el que la sufre como para la persona sobre la que recae el peso

La limerencia es la ‘pérdida’ de la cabeza por amor. Según explica la doctora en Psicología Dorothy Tennov en su libro ‘Amor y limerencia: la experiencia de enamorarse’, tiene varios grados. Por una parte, el enamoramiento normal donde estar al lado de la persona amada produce palpitaciones, tartamudeos, sudoración e incluso esas mariposillas en el estómago; por otra, aquel que viene marcado por la obsesión hacia la persona amada, que puede llegar a tener consecuencias negativas.

Cuando el enamorado pierde la cabeza y se obsesiona, aparecensíntomas como el estrés, los celos, la depresión, o lo que es más grave, el suicidio. Por eso quienes lo padecen deben ser tratados por un profesional.

En estos casos de limerencia, la obsesión crea fantasías que el cerebro convierte en realidad. El miedo al rechazo construye un estado irreal, una vida paralela sin negativas ni reproches, pero la vuelta a la normalidad les hace caer en una profunda depresión.

No debemos confundir limerencia con pasión. La pasión es algo bonito, erótico y carnal que no debe entrañar un sentimiento negativo. Sin embargo, la limerencia puede tener graves consecuencias para el que la sufre y para la persona sobre la que recae el peso.

 

Personas más vulnerables

Todas las personas estamos expuestas a sufrir en mayor o menor grado limerencia, pero hay quienes son más vulnerables. Personas con una baja autoestima, que encuentran en el ser amado su mano derecha o su razón de vivir; hombres y mujeres que no aceptan un no por respuesta; o aquellos que durante toda su vida (y desde la infancia) se sintieron atraídos por alguien y que el paso de los años no ha hecho más que reforzar la idea de que conseguir ese amor es el reto de su vida.

En la mayoría de las ocasiones, lograr al ser amado hace que desaparezcan los sentimientos negativos, pero en otras, y aún con el reto alcanzado, el cerebro sigue fantaseando o considerando que quien ha aceptado formar parte de su vida es de su propiedad.

Hacer desaparecer o paliar los efectos de la limerencia pasan por la ayuda de un profesional, psicólogo o psiquiatra, para que la persona se dé cuenta de que nadie es propiedad de nadie.

 

Así que toma nota si ves que sufres o puedes sufrir este trastorno no  dudes en consultar con un profesional.

fuente: gonzoo